Los Baños Rocío: el lugar donde ligaba Monsiváis

A los baños Rocío acuden sobre todo hombres que rebasan los 40 años. Aquí frases como “no gordos”, “no viejos”, “sólo similares” que abundan en las apps de ligue, simplemente no existen. Las panzas rebosan orgullosas, las calvas brillan, las arrugas no se ocultan detrás de filtros de Instagram. El ligue es más primario y honesto.

La búsqueda de sexo entre hombres se vuelve casi poética. Según algunas personas, no es de extrañar que Carlos Monsiváis, el cronista de la Ciudad de México, viniese aquí de manera recurrente a saciar sus apetitos masculinos, pero también a simplemente a observar.

«[Carlos] Arellano se encontró un viernes a Carlos Monsiváis en los Baños Rocío. Luego de saludarlo, quiso apartarse, pero Carlos le pidió quedarse con él. ‘Yo quería estar solo, —recuerda— no iba a eso, a estar con Carlos Monsiváis en el vapor, y sin embargo, vi en su mirada una gran soledad: incluso se quedaba solo allí, mirando a todos los demás muchachos que entraban y salían'».

Tales son las palabras que José Luis Martínez S, columnista también conocido como El Cartujo, plasmara en su texto «El clóset de Monsiváis«. Para quienes conocieron a Monsi, —o incluso La Monchi, como con cariño y jiribilla le llamaban sus allegados—, su afición por los baños públicos y otros sitios de encuentro homosexual no era ningún secreto.

Si bien Carlos nunca hizo pública su orientación sexual, era uno de esos secretos a voces que sólo requerían de la voz del mismo Monsiváis para hacerse oficial. Como un pensador griego desfasado en tiempo y espacio, se cuenta que instruía jovencitos dentro y fuera de la cama. Se dejaba ver con ellos en distintos espacios y esto no era motivo de escándalo. Yo mismo, en el Marrakech (una cantina gay de la calle de República de Cuba), llegué a servirle las quesadillas que tanto le gustaban, y a externarle que sus letras me resultaban faro de inspiración en mi trabajo como escritor.

Animal de costumbres como era, él las comía siempre en la misma mesa del rincón, con una devoción y elegancia gatunas. Porque para ser homosexual hay que tener algo de felino, sin duda. En su libro El clóset de Cristal, Braulio Peralta también describió la afición de Monsiváis por la visita a baños de vapor como los Rocío o los Mina. La obra de Peralta pone al descubierto a un Monsiváis como un hábil cazador que usaba como principales armas su buena labia y cultura, ante las que los jovencitos caían atravesados. Pero no sólo eso: muestra a un Monsiváis de carne y hueso, sudoroso, apetente, imperfecto. Humano.

Si algo se mantiene igual desde los tiempos en que Monsi venía de cacería hasta nuestros días, es que los jovencitos escasean. Mientras los millennials y chavitos sacian sus egos en Grindr y Tinder, aquí las reglas las siguen poniendo los hombres mayores, en la democracia de la desnudez y del flirteo tradicional. Carlos se nos fue. En Bellas Artes, una bandera de arcoíris cubrió su féretro. Pero los Baños Rocío, ese lugar donde el cronista de la Ciudad de México se sentaba a sudar la gota gorda, nos sobreviven.

 

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